A quien estamos viendo es sin
lugar a dudas Bob Dylan y lo que hizo con su vida en aquellos intensos y
veloces años. Es él, hasta el punto de que tardamos muy poco en olvidarnos de
que estamos viendo a un actor, Timothée Chalamet, que asume su identidad, que
habla como él y canta como él, que tiene sus mismos gestos y se mueve como él
lo hacía, que es tímido y osado a la vez. No es que sea creíble, es que no
existe Chalamet, solo Dylan. Esto, que es digno de admiración, por sí no es
suficiente. Hace falta más. Es necesario que sintamos las calles del Village
neoyorquino, y la puesta en escena hace que las sintamos, que estemos allí,
aunque nunca hayamos estado sentimos que sí, y que estuvimos precisamente en
aquellos años de efervescencia ay canciones, un imposible que la magia del cine hace posible. Hace falta
también que Dylan no sea un fantasma moviéndose entre marionetas, y no lo es, porque también cuesta darse cuenta de que quien aparece en pantalla no es Pete Seeger, que no ha vuelto del
pasado, tan descomunal es la interpretación de Edward Norton, en una austeridad
gestual llena de matices. Emociona escuchar de su voz “This Land Is Your Land”,
un pico altísimo de la película nada más empezar. Joe Tippet es un verosímil
Dave Van Ronk, al que el guion por desgracia reduce a mero figurante, cuando su
importancia en esta historia fue al menos igual, si no superior, a la de
Seeger. Scoot MacNairy estremece al dar vida a un Woody Guthrie gravemente
enfermo, al que paradójicamente se le escapa la vida en cada escena. Solo Suze
Rotolo y Joan Baez, las dos mujeres que pelean por el mismo hombre, no llegan a
traspasar el celuloide, por la sencilla razón de que el guion hace trampas con
ellas, las dibuja como lo que no fueron. Pero esto tampoco importa porque una
de las dos es una mujer fuerte que abandona a Bob y la otra una mujer sumisa y
despechada, aunque sus nombres estén intercambiados. Ni siquiera Suze se llama
así, sino Sylvie. Fue Suze la que hizo madurar al hombre, la que le mostró los
caminos de la cultura y del compromiso. Baez le mostró el camino de la fama,
que no es poco. Esto es una película de Hollywood y la fama es el ingrediente
básico. Nada de esto invalida la historia, también Dylan embelleció su
personaje y ocultó su persona para poder ser quien quería ser. Seguimos sin
saber mucho de él, no tanto como para pensar que sea un completo desconocido,
pero sí lo suficiente para tener que aventurar su verdadero yo a través de sus
canciones, de sus entrevistas, de sus medias verdades, de sus dudosos
desmentidos. Je est un autre, dijo de sí, después de leer a Rimbaud.
James Mangold le captura a través
de pequeños detalles, en frases que posiblemente no dijo y en momentos que no
existieron. ¿Qué significa?, le
pregunta Joan Baez después de escuchar Blowin’ in the Wind. No lo sé, responde Dylan, en esa escena
que nunca existió. Me preguntan de dónde
vienen mis canciones, y lo que quieren decir es por qué no son capaces de
escribirlas ellos, se lamenta ante Suze Rotolo un Dylan al que la presión
exterior zarandea y aturde. Son dos arrebatos de sinceridad que, sucedieran o
no, definen a la perfección al artista que se ve a sí mismo instrumento de su
arte, que se debe a él y vive para él. Es la soledad del creador. Mangold se
mueve con soltura en el tejido de las escenas, en el hilo sutil que les da
sentido. Es magistral el modo en que resuelve la controversia sobre si Pete
Seeger pretendió cortar los cables en Newport para impedir que la orgía de
sonido continuara: una mirada a un hacha, una advertencia de su mujer, nada más.
Basta con ello: Seeger no lo hizo, nadie cortó el sonido y Dylan desafió a los
puristas antes de seguir camino. Hay mucho cine en estas dos horas, y mucha
música. A los cinéfilos tal vez les parezca demasiada para una película que no
es un musical. “Song To Woody” testimonia la gratitud del discípulo; “It Ain’t
Me, Babe” escenifica la ambigua relación con Joan Baez; “Highway 61 Revisited”
recrea la decidida ruptura con el pasado; “Maggie’s Farm” es la insolente
expresión de un desafío. Estas son imprescindibles, y quizá alguna más, pero
todas las que se escuchan sirven al propósito de la narración, no molestan, no
la ralentizan sino que la hacen avanzar. Hay mucha verdad en lo narrado y mucha
ficción, pero una sensación traspasa la pantalla, y es la de autenticidad.
Escribió Sam Shepard en 1975 que Bob Dylan se había inventado a sí mismo, y aunque
no era el primero que hacía algo así, solo él había inventado a Dylan. Diez años antes se puso las gafas negras y fue otro una vez más. Quedaban otros giros teatrales
por llegar, nuevas máscaras. Pero ya entonces era inmortal. Esta película,
cuando acabe su ciclo de exhibición en los cines, permanecerá con nosotros, los
que creemos en su inmortalidad.